La gripe Porcina y nuestro ADN

Pensaran que se me quedo esto de la gripe porcina, pero no, mi padre me ha recomendado copiar una columna de un periodista tan conocido como Guillermo Giacosa que leyó el 1º de Mayo. Asi que como un buen hijo aqui le dejo la columna que se que no solo a mi padre le gustó…

La visión de un México con calles despobladas, ciudadanos con mascarillas, escuelas paralizadas, espectáculos públicos –como el fútbol– sin público y, detrás, todo el pánico que producen las enfermedades desconocidas, suscita, al menos en mí, la sensación de que los seres humanos seguimos derrumbando, alegre e inconscientemente, los diques que contienen nuestra destrucción.

Nada es totalmente casual y, así como el dengue en la Argentina llegó de la mano de la soya transgénica, que, a partir de los herbicidas que requería, extinguió la fauna de los depredadores de los mosquitos, la fiebre porcina podría ser el resultado del hacinamiento de los cerdos. No importa, en realidad y por el momento, saber cuál es la causa, sino averiguar cómo lograr la cura, pero, en todo caso, no podemos dejar de preguntarnos cómo es posible que se den tantos pasos sin medir las consecuencias de los mismos.

Se avanza, se ‘crea riqueza’ –como gustan decir algunos políticos y algunos periodistas–, se progresa pero, en realidad, todo eso es una ficción. Una burbuja. Es decir, algo que la gente cree que será para siempre, pero cuando menos se lo espera, estalla, como sucedió con la burbuja inmobiliaria, primero en Estados Unidos y, luego, en gran número de países desarrollados.

Muchos grandes sabios se arrepintieron de sus descubrimientos. Alfred Nobel nunca dejó de lamentarse por habernos legado la dinamita, y Albert Einstein sintió el mismo malestar por haber contribuido a la liberación del átomo. Sintieron que ponían en manos de una humanidad inmadura, de una humanidad adolescente, armas para las que moralmente no estaban preparados. No hace falta decir que no se equivocaron.

Concentrados en lo suyo, esos y otros sabios no pesaron el poder de la codicia humana. Y menos aún imaginaron que la sociedad se estructuraría para fomentarla como si de una dilecta virtud se tratara. Cerdos hacinados destinados a alimentar seres humanos también hacinados acaban de realizar una combinación fatal. ¿Se pudo prever? Quizá no. ¿Se hizo algo para evaluar los riesgos? Por supuesto que no; de ello no tengo la menor duda. Aquí prevalece el pensamiento mágico. Pensamiento que induce a creer que una fuerza superior nos protege y que, hagamos lo que hagamos, siempre saldremos indemnes. Que la realidad demuestre lo contrario no daña ese esquema que reposa en nuestro subconsciente como una tabla de salvación imprescindible para seres que tienen la desgracia de ser conscientes de su finitud.

Es posible que los daños, después de alcanzado un pico, comiencen a mermar y esta gripe porcina o gripe norteamericana, según su nuevo nombre, pase o permanezca como accidente sin que nadie se tome el trabajo de estudiar, no ya el ADN de quien la produce, sino en qué medida la improvisación humana ha jugado un papel para que ella exista. Deberíamos estudiar, en realidad, qué componente de nuestro ADN fomenta las actitudes suicidas a las que somos tan afectos.

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